Andante del desierto (2014)
Andante del desierto (2014)
Creía, de vez en cuando, mientras caminaba impasible bajo los fulminantes rayos de sol, avizorar en la línea del horizonte, un oasis de agua dulce, que no era más que un ardid de mi quimérica imaginación que funcionaba como bálsamo para aferrarme a algo. No solo era víctima de mi imaginación, a medida que recorría ese mar de dunas, me resultaba cada vez más arduo discernir por la ígnea resolana lo que percibían los sentidos de lo que realmente veía. Además de deambular en el desierto como sonámbulo, me era frecuente encontrar en el camino objetos, personas, con las que tuve contacto alguna vez o meros desconocidos con la generosa voluntad de congraciarse hacia mi famélico cuerpo. Hasta la mente jugaba en mi contra, en la perversa idea de una inminente venida de la parca blandiendo su guadaña con sed de sangre.
Hollaba la arena, veía la planicie exigua de atisbo de civilización, me echaba a mirar hacia atrás y me resignaba a mirar con desdén mis propias huellas; el camino era el devenir, lo que configuraba su azar, cada paso era indefectiblemente el camino a seguir. No contravino al afirmar que envidiaba mi propia sombra por carecer de existencia material.
¿Quién iba a pensar que alguien podría sobrevivir a semejante travesía en medio del Sahara? Sólo llevaba consigo una brújula, la cual junto a su cantimplora, sabía que la vida se le desvanecía cada vez más rápido aún que las partículas de arena en la mano. Estaba enfrascado dentro de un reloj de arena. Él se había metido en el juego. Él lo sabía.
Pero busco no pensar tanto en ello, ya que, si le agarraba un ataque de desesperación, lo peor que podía hacer era empezar a correr como un desaforado desgastando aún más su menguado físico. Es una verdadera epopeya físico-psicológica, donde mente y cuerpo deben estar unidos más que nunca para vivir y contar esta experiencia; de lo contrario, su carne sería el plato principal de las aves carroñeras que vuelan en círculos rededor suyo.
Si uno se encontrase perdido en un desierto tan extenso, no puede pretender vivir durante más de dos días, siendo generoso, y soportando la abismal diferencia que presenta la temperatura entre el día y la noche.
El sol calcinador perforaba las gomas de los zapatos del hombre abandonado a sus religiones, a sus dioses, a sus seres queridos; los pensamientos mágicos y sentimental lo abducían, había perdido completamente todo razonamientos lógico. Cada paso que daba en la ígnea arena (que rondaba la temperatura de 60° C), cada segundo, el cuerpo se aletargaba, en su tracción a cada milésima de segundo. Languidecía poco a poco. El detrimento de la condición física se ha transpuesto al componente psicológico como factor desencadenante de ilusiones fantasmagóricas en las que se bifurcan dos planos: uno propiamente real, y el otro de corte fantástico. Afloraba con persistencia su inconsciente hasta que, en un punto de inmersión total, paulatinamente se desvaneció sobre la arenisca.
El dolor y la agonía había acabado, era lo importante después de todo, que terminara la pesadilla. Era tal el embotamiento de sus músculos que por más que intentara escapar, las fuerzas lo hacían capitular en su instinto de supervivencia.
Su destino estaba prefijado.
Fue así como se desplomó su cuerpo, desintegrándose en el aire por fragmentos, perdió en el aire su corporeidad como si fuera parte de la polvareda del ventarrón.
En el atardecer se esfumó, deshilachándose; había logrado teletransportarse a otra dimensión. Cundió una concesión momentánea hasta su próxima vida y una eterna condena para sus pecados.
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Despertó rodeado de alfaguaras, vislumbró al costado una fuente con esculturas, dimanaban agua por jarrones que sostenían doncellas; del otro lado había una pared en la cual se hallaba una pintura que conmemoraba una célebre cena; se enaltecía a un peregrino al que doce discípulos le rendían pleitesía dócilmente. Al ponerse de pie, intuyó que estaba rodeado por una cerca circular que conducía a otro pasillo.
El cielo era oscuro, más bien un azul marino traslucido, carente de estrellas. Llevaba consigo un ropaje que se asemejaba al de la era romana, “¿Estaré en el cielo?¿En el purgatorio acaso? Lo que es seguro es que he muerto por inanición y quizás en algún momento, improvisadamente aparezca un ser divino en rol de mensajero que me haga un interrogatorio por mi pasado, o bien, que directamente me conduzca a uno de los dos pasillos opuestos que hay en los extremos de esta sala hecha para descanso. Mejor probaré caminar por uno de los dos para interiorizarme de este sitio”.
Decidió ir por la entrada que daba a su frente cuando despertó y vio que, rodeado de arbustos de dos metros, se entretejía un laberinto para almas perdidas por el infinito. De ese pasillo se desprendían otros dos pasillos, el izquierdo, con una curvatura de camino adoquinado que ascendía ligeramente, y el derecho, que descendía a una plazoleta con una cariátide en el centro rodeada de arquitectura bizantina y atestada de mariposas con vívidos colores que hacían de focos lumínicos. Un pasaje exuberante; orquídeas, tulipanes y azahares. Detrás del encanto visual, se encontraba una puerta metálica como si tratase de una celda carcelaria con barrotes, acompañada de una ligera oxidación en la hendija de la llave. Instantáneamente luego de descubrir dicha puerta, escucha pasos acercándose de lejos, resonantes. Cada paso sonaba más pesado y como si estuvieran acarreando una herropea de piedra caliza. Posteriormente, escuchó más pasos pero que siguieron de largo, sus latidos del corazón estaban embebidos de desconcierto y miedo ante el vértigo de presenciar lo inexorable. Sabía que corría riesgo habida cuenta del lugar en el que se encontraba.
“Haré de cuenta que no he oído nada, de seguro estoy encerrado y me están vigilando. Aquí no hay nada, intentaré por el camino del otro pasillo, puede que encuentre algo más”. Caminó sigilosamente hacia la curva escalinata y una vez pisado el escalón más alto, vio una habitación, un cámara para celebrar algún cenáculo, cuyo cenotafio en una de esas esquinas pincelaba en cursiva. “Esta es su tumba, No se aflija, es tiempo del descanso eterno.” Naturalmente, ya estaba construida su morada eterna para él antes de que llegara. Lo sorpresivo no fue el final; sino que su misticismo al cual se habituó, de un mundo cotidiano con geometría perfecta, corpus jurídicos, morales) no se condecía en nada con lo que hubo de encontrarse del otro lado del umbral.
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El profundo aroma de las rosas le prodigaban remembranzas de su pre-adolescencia de un campo en las adyacencias de Toulon.
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Hasta que en su angustioso peregrinaje, al pisar un objeto sobre el médano, se topó con una amatista de forma oblicua y puntiaguda. Una vez reposada sobre su mano, la piedra de cristal empezó a emitir ondas electromagnéticas triangulares desde su mano hasta el cielo que iban in crescendo. "Empiezo a sentir un leve mareo, tiene una fuerza estrambótica propia de una deidad supradivina. Ahora, con el aumento vertiginoso de la velocidad de estas ondas, percibo una transfiguración del tiempo y el espacio, un ecléctico trance como si estuviera bajo potentes efectos alucinógenos…“
Creyente o no, cuando uno percibe inminente la perdición, siente el alma en pena; inexorablemente réprobo, el instinto dicta aferrarse a cualquier tipo de consuelo psíquico, por más esporádico que sea.
El averno es el planeta Tierra mismo y los tan mentados Jardines del Edén son ilusivos, no son más que el sueño de otro sueño ¡eso es la realidad!
Con todo, creer lo contrario sería un denuesto contra él mismo.
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